Después de tres meses como cabeza de familia, aprovechando mis merecidas vacaciones y para evitar una destructiva guerra en la mitad de los Médanos de Coro, agarré todos mis macundales (mis dos cuchillos, mi bate, el sacacorchos, el florete, mi escopeta y mi alicate) y emprendí mi travesía al muy lejano Punto Fijo para buscar a mi señora madre. Ya no podía soportar que mi progenitora fuera una suerte de Heidi versión tropical…
Debido a lo improvisado del viaje no pude conseguir boleto aéreo, no me quedó de otra que agarrar carretera hasta las calurosas tierras occidentales. Falcón queda más lejos que más nunca y los últimos 300 kilómetros de la carretera son una insoportable recta capaz de obstinar hasta al mejor de los pilotos. Además, las arenas del desierto invaden los espacios de la vía y las fuertes ventiscas amenazan con volcar a los vehículos en todo momento…
Justo cuando se me iban las fuerzas y pensaba que iba a perecer entre las dunas, una señal divina me llenó de esperanzas, el contenido del anuncio era el siguiente: McDonald’s a 50 Km. ¡Maldita sea! ¿Será que este ícono del imperio es la estructura más importante del pueblo? Reí hasta llorar, lloré hasta reir...
Sin embargo, mi risa incontrolable y mi prepotente espíritu cosmopolita se esfumaron precipitadamente al percatarme de una peculiar señal de tránsito que alteró mis nervios sin remedio: “¡Peligro! Animales en la vía” ¡Al carajo los enfermos! ¿Qué demonios hacían tres chivos y cuatro burros en plena autopista a la mitad de la nada? ¡Muero!
Luego de siete horas y dele de viaje, llegué a un inmenso y modernísimo complejo de refinación petrolera rodeada de unas 300 casas. Pues sí, eso es lo que es Punto Fijo. ¡No estoy exagerando! Di unas vueltas de aquí por allá para comprar suministros e inicié el proceso psicológico que necesitaba para reencontrarme con mi gente…
Como no tenía ni puta idea de dónde rayos queda la casa de mi hermana, me puse a gritar con todas mis fuerzas su nombre completo en la Plaza Bolívar de la ciudad, fue imposible apelar al teléfono celular porque la señal de Digitel parece no llegar a lugar tan recóndito. La afonía destruyó mis cuerdas vocales luego de dos horas de gritos, pensé en intentar comunicarme mediante señales de humo pero la brisa y mi falta de pericia en el tema destruyó cualquier tipo de ilusión. En eso, como si se tratase de un enviado del Señor, un viejo campesino se percató de que era un triste forastero y me llevó sano y salvo hasta el hogar de mi hermana mayor.
Entré a la casa sin avisar para darle la sorpresa a mi mamá - ella sufre de hipertensión así que no creo que las emociones extremas puedan causarle un fulminante infarto al miocardio - y procedí a adentarme en su habitación sigilosamente. Me acerqué y le dije al oído con tono de voz infantil: ¡Bendición! La señora de Medina, entre dormida y despierta, se me guindó como un tierno Koala pensando que el improvisado rescate era no más que un hermoso sueño. Por cierto, hablando de emociones extremas, le prometí a mi cuñado que no iba a escribir sobre el percance que tuvimos cuando me apuntó con un revolver por andar entrando en propiedad privada sin pedir permiso. ¡Nos veremos en los tribunales! ¡Carajo!
Acabado el reencuentro, saludé a mi hermana y no aguanté la tentación de despertar a mi sobrino a las dos de la madrugada, ya había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que vi a mi amantísimo ahijado. Lo abracé largo y tendido, le di la bendición y le comuniqué la maravillosa noticia de que el día siguiente no iría al colegio porque nos íbamos de pachanga. Esa noche dormí un máximo de dos horas; el calor, la adrenalina y los jodidos mosquitos no me dejaron hacerlo.
Al día siguiente, nos despertamos muy temprano para aprovechar el tiempo y salimos a lo que podría llamarse el downtown de Punto Fijo. Lo único bueno del sitio - sin exagerar - es que cualquier cosa que quieras comer, beber o comprar es muy pero muy barata. Entonces, si en Caracas soy un tipo acaudalado se podrán imaginar lo millonario que me sentía por los lares falconianos.
Nos tomamos miles de fotos, le compré ropa, un aire acondicionado, gasté una cantidad absurda de dinero en una especie de parque de diversiones; desayunamos, almorzamos, merendamos y cenamos en el mejor restaurant de la ciudad, creo que ni nombre tenía…
Es increíble cuando se activa el modo paternal y las perspectivas de las cosas te cambian por completo, procuras hacer lo posible y lo imposible por regalarle una sonrisa a esa personita. Ya entrada la noche, ayudé a mi madre a empacar sus cosas y partimos rumbo a la añorada Caracas. Cuando tenga un chance compartiré con ustedes las crónicas del viaje de regreso.
Tal vez voy a ser un buen padre, de repente ya lo soy...
Debido a lo improvisado del viaje no pude conseguir boleto aéreo, no me quedó de otra que agarrar carretera hasta las calurosas tierras occidentales. Falcón queda más lejos que más nunca y los últimos 300 kilómetros de la carretera son una insoportable recta capaz de obstinar hasta al mejor de los pilotos. Además, las arenas del desierto invaden los espacios de la vía y las fuertes ventiscas amenazan con volcar a los vehículos en todo momento…
Justo cuando se me iban las fuerzas y pensaba que iba a perecer entre las dunas, una señal divina me llenó de esperanzas, el contenido del anuncio era el siguiente: McDonald’s a 50 Km. ¡Maldita sea! ¿Será que este ícono del imperio es la estructura más importante del pueblo? Reí hasta llorar, lloré hasta reir...
Sin embargo, mi risa incontrolable y mi prepotente espíritu cosmopolita se esfumaron precipitadamente al percatarme de una peculiar señal de tránsito que alteró mis nervios sin remedio: “¡Peligro! Animales en la vía” ¡Al carajo los enfermos! ¿Qué demonios hacían tres chivos y cuatro burros en plena autopista a la mitad de la nada? ¡Muero!
Luego de siete horas y dele de viaje, llegué a un inmenso y modernísimo complejo de refinación petrolera rodeada de unas 300 casas. Pues sí, eso es lo que es Punto Fijo. ¡No estoy exagerando! Di unas vueltas de aquí por allá para comprar suministros e inicié el proceso psicológico que necesitaba para reencontrarme con mi gente…
Como no tenía ni puta idea de dónde rayos queda la casa de mi hermana, me puse a gritar con todas mis fuerzas su nombre completo en la Plaza Bolívar de la ciudad, fue imposible apelar al teléfono celular porque la señal de Digitel parece no llegar a lugar tan recóndito. La afonía destruyó mis cuerdas vocales luego de dos horas de gritos, pensé en intentar comunicarme mediante señales de humo pero la brisa y mi falta de pericia en el tema destruyó cualquier tipo de ilusión. En eso, como si se tratase de un enviado del Señor, un viejo campesino se percató de que era un triste forastero y me llevó sano y salvo hasta el hogar de mi hermana mayor.
Entré a la casa sin avisar para darle la sorpresa a mi mamá - ella sufre de hipertensión así que no creo que las emociones extremas puedan causarle un fulminante infarto al miocardio - y procedí a adentarme en su habitación sigilosamente. Me acerqué y le dije al oído con tono de voz infantil: ¡Bendición! La señora de Medina, entre dormida y despierta, se me guindó como un tierno Koala pensando que el improvisado rescate era no más que un hermoso sueño. Por cierto, hablando de emociones extremas, le prometí a mi cuñado que no iba a escribir sobre el percance que tuvimos cuando me apuntó con un revolver por andar entrando en propiedad privada sin pedir permiso. ¡Nos veremos en los tribunales! ¡Carajo!
Acabado el reencuentro, saludé a mi hermana y no aguanté la tentación de despertar a mi sobrino a las dos de la madrugada, ya había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que vi a mi amantísimo ahijado. Lo abracé largo y tendido, le di la bendición y le comuniqué la maravillosa noticia de que el día siguiente no iría al colegio porque nos íbamos de pachanga. Esa noche dormí un máximo de dos horas; el calor, la adrenalina y los jodidos mosquitos no me dejaron hacerlo.
Al día siguiente, nos despertamos muy temprano para aprovechar el tiempo y salimos a lo que podría llamarse el downtown de Punto Fijo. Lo único bueno del sitio - sin exagerar - es que cualquier cosa que quieras comer, beber o comprar es muy pero muy barata. Entonces, si en Caracas soy un tipo acaudalado se podrán imaginar lo millonario que me sentía por los lares falconianos.
Nos tomamos miles de fotos, le compré ropa, un aire acondicionado, gasté una cantidad absurda de dinero en una especie de parque de diversiones; desayunamos, almorzamos, merendamos y cenamos en el mejor restaurant de la ciudad, creo que ni nombre tenía…
Es increíble cuando se activa el modo paternal y las perspectivas de las cosas te cambian por completo, procuras hacer lo posible y lo imposible por regalarle una sonrisa a esa personita. Ya entrada la noche, ayudé a mi madre a empacar sus cosas y partimos rumbo a la añorada Caracas. Cuando tenga un chance compartiré con ustedes las crónicas del viaje de regreso.
Escena 10
La escena transcurre en un inmenso almacén de expendio de licores. Tío y sobrino se encuentran paseando haciendo tiempo y observando qué tonterías comprarse. En el medio del local se encuentra una lujosa camioneta del año que servirá como premio de una rifa. El niño se queda mirando anonado el flamante vehículo.- LUIS ALEJANDRO (con expresión pícara como si tramara algo): Tío Luis, ¿por qué no te compras esa camioneta?
- LUIS ENRIQUE (con expresión paternal repleta de ternura): Estoy trabajando en eso, pero primero tengo que ahorrar mucho dinero. ¿Quieres que te compre una?
- LUIS ALEJANDRO (con una mano en la frente y riéndose tímidamente): ¡No! ¡Me la compras cuando sea grande. Tío Luis, ¿cuántos años vas a tener tú cuando yo sea un adulto?
- LUIS ENRIQUE (mirando hacia el techo de la tienda intentando sacar cuentas): Pues, cuando tengas mi edad yo voy a tener 42 años.
- LUIS ALEJANDRO (con tono burlón y sonriendo en forma exagerada): ¿Y mi mamá cuántos va a tener?
- LUIS ENRIQUE (riéndose mientras acaricia el cabello del niño): ¡Uy! ¡Cincuenta! ¿Muchos no?
- LUIS ALEJANDRO (mirando hacia el piso y con los ojos aguados): ¡Prométeme algo! Cuándo yo tenga 25 y tú tengas 42 vamos a hacer una carrera con nuestras camionetas… ¡La mía va a ser color púrpura!
- LUIS ENRIQUE (intentando disimular que está a punto de llorar): ¡Prometido! ¡Pero seguro te voy a ganar! ¡La mía será negra!
- LUIS ALEJANDRO (abrazando a Luis Enrique): ¡Noooooo! ¡Porque tú serás muy viejo y muy lento!
- LUIS ENRIQUE (secándose las lágrimas): ¿Sabes algo? ¡Te juro que jamás te va a faltar nada! ¡Cualquier cosa que necesites me llamas por teléfono!
- LUIS ALEJANDRO (levantando la mirada y sonriendo sin mostrar los dientes): ¡Tío Luis! ¡Gracias por todo!

3 comentarios:
Amigo... Que lindo eres, marcion!!!!! Ahroa ve a ver como haces para comprarle una de esas a Gorón!
Mucho éxito amigo! XD seguro serás un XCLNT papá y nuestros hijos jugaran a que son pobres de lo acaudalados que llegaremos a ser XD
Cuidate man!!!!
Imagínate si eres así con tu sobrino y con tu hermanito, cómo serás cuándo tengas tu propio retoño??? Y si es niña??? Ayyyy me encantaría verte por un huequito. Vas a estar derretido todo el tiempo, sobre todo cuando llegues a la casa y la pulguita comience a correr para abrazarte y muestre sus 8 dientes cuando te diga "Papa".
Te veré caer jejejeje
Azri: pues sí amigo... Te imaginas la vaina? Papá voy a jugar a ser pobre a ver qué es lo que se siente jajajajajaja...
Iva: Sin comentarios, sé que una niña jugaría la pelota conmigo! Aunque no te creas, también tengo mi lado de padre militar jajajaja...
Saludos y gracias por leerme :)
Publicar un comentario en la entrada