¿Estás harta de que te tu arrejunte, novio, machuque, marido o peor es nada te trate con cariño y con respeto? ¿Añoras como una degenerada a aquel macho vernáculo que te trataba como a un simple agujero? ¿Necesitas que tu príncipe azul se convierta en un energúmeno y te mande al mismísimo carajo en un santiamén? ¡Perfecto! ¡Te diré cómo hacerlo!
Esta entrada es el producto de una exhaustiva investigación sobre aquellas actitudes y aptitudes femeninas que tarde o temprano terminan por sacar lo peor de cualquier hombre. Es decir, cuestiones que progresivamente van transformando a un caballero andante en un orangután descerebrado.
El experimento fue muy sencillo. Cinco sujetos masculinos de moralidad comprobada, con certificado de caballerosidad avalado por todas y cada una de sus exparejas, de entre 25 y 50 años, profesionales, económicamente estables y ciertas tendencias suicidas, aceptaron el reto de convivir por aproximadamente un año con mujeres que se tomaron demasiado en serio eso de la Revolución Femenina. Los hombres, siempre de orgullosos, argumentaron que no tenían ningún tipo de problemas en compartir con las damas, a pesar de su pronunciado carácter volátil e inexplicable, y firmaron un acuerdo que libraba a la redacción de Crónicas de un escritor acontecido de cualquier daño físico, psíquico, emocional, moral o económico que pudiera sucederles durante el experimento.
En fin, veamos las conclusiones de la innovadora investigación:
- Confundir caballerosidad con esclavitud. Nos gusta consentirlas, abrirles la puerta del carro, llenarlas de detalles y hasta llevarles el desayuno a la cama, de eso no hay duda. Ahora bien, existe un tipo de mujer que abusa de la caballerosidad y termina convirtiéndose en toda una señora feudal. No somos gestores, plomeros, electricistas, choferes, fuentes infinitas de dinero, repartidores de pizza, mayordomos y afines. El drama comienza cuando por cualquier eventualidad dejamos de hacer alguna de esas tareas. Es más que evidente que cualquier falla opacará por completo a cada una de las atenciones previas. El caballero será tildado de inútil y de desconsiderado. ¡No hay nada qué hacer!
- Exceso de yoismo. Si bien uno de los requisitos fundamentales que debe tener un hombre para agradarle a una mujer es saberla escuchar, todo tiene un límite. Si con el paso de los días, semanas, meses y hasta años, su monólogo de la vagina es el eje fundamental de toda interacción comunicacional tarde o temprano nos vamos a obstinar. Es más, mientras guardamos silencio, es muy probable que estemos planificando mil y un formas crueles para callarlas. Una conversación es de dos y las opiniones de la pareja, aunque sean radicalmente opuestas, también deben ser escuchadas con el mismo respeto.
- Exceso de comunicación. ¿Y quién les dijo a ustedes que nos interesaba la mancha en el testículo derecho de cualquier exnovio o las mañas y artimañas que hacían en la cama? Es graciosa la vaina, algunas tienen las santas voluntades de echar el cuento con nombre y apellido, mostrarnos fotos y hasta invitarlo a salir para que uno conozca al personaje. Pero no, lo más irónico es que se quejan cuando no somos la mata de la simpatía cuando compartimos con el amigo. ¡Joder! ¿Qué pretenden? ¡Ya sé! Supongo que lo correcto sería abordar al pendejo con una frase inteligente más o menos como: “¿Qué más, colega? ¡Lindo tatuaje en la nalga derecha! ¿Verdad que la casita de la playa donde te tiraste a mi jeva seis veces es arrechísima? ¿Te pillaste el lunar sexy que tiene en la lola derecha?” ¡Cabrón, hijo de puta! Es imposible mantener la cordura en esta situación.
- Generalizar demasiado. ¡Epa! No todos los hombros somos unos perros infieles y mucho menos nuestro pasatiempo favorito es decirles mentiras. Si nos tomamos un café con una amiga no es que queremos acostarnos con ella, así de simple. Además, son pocos los que tienen la suerte de Brad Pitt. En poca palabras, todas no quieren con nosotros, punto. Yo, en lo particular, pienso que cuando se está conforme con una persona uno ni se molesta en mirar para los lados. Además, lidiar con múltiples ciclos menstruales debe ser complicado, muy complicado. Otra cosa, una mujer que no para de hacer leña de árbol caído es atorrante y desagradable. ¡Mis queridas hijas, compréndalo! Si su pareja anterior es un jodido troglodita no significa que el actual lo sea, punto.
- Abusar de las críticas. Más exactamente de las críticas destructivas. El tipo de mujer que jura y perjura que tiene la razón absoluta y es totalmente infalible, no va para el baile. Es desesperante la sensación de que se haga lo que se haga siempre va a existir un pero o un comentario capaz de desmoralizar al más plantado. Luego preguntan por qué perdemos todo tipo de iniciativa y nos convertimos en una suerte de peluche de taxista. Ustedes saben, dándoles el “sí del loco”.
- Síndrome de la madre castrante. “No me gusta esa camisa, aféitate la maldita barba, córtate el pelo, come vegetales, estás muy gordo, estás muy flaco, no te cortes el pelo hasta que a mí me de la regalada gana, por qué comes tantos vegetales, te quiero aquí a las 11 y si no llegas vamos a tener un peo, déjate la barba para que no parezcas un niñito, calladito te vez más bonito, por qué llegaste tan temprano, sírveme un trago, ¿qué te pasa? ¿Acaso quieres emborracharme?” Por citar algunos ejemplos… ¡Carajo! ¡No queremos ser un Ken! Ya están grandecitas para pretender jugar con muñequitos. Las mujeres con criterio son atractivas, las mujeres castrantes insoportables.
- Control total de la vida social. Nuestros amigos de toda la vida son unos imbéciles sin nada inteligente que aportar y nuestras amigas unas perras sonsacadoras. También están aquellos que nos meten ideas extrañas en la cabeza y las típicas zorras que supuestamente nos dan malos consejos porque sueñan con una noche de pasión y lujuria con los pobres y maltratados monocucos. Si nos llevamos mal con nuestros padres somos unos malditos desnaturalizados y si sucede lo contrario es porque somos unos niños inmaduros que soñamos con vivir con ellos para siempre. Obviamente, jamás querrá relacionarte con nuestros amigos y familiares. ¿Pero como para qué? Basta con su inmaculado y maravilloso círculo social para pasar los ratos libres. Ellos sí son perfectos y hagan lo que hagan van a ser lo mejor de lo mejor. Por consiguiente, no nos queda de otra que calárnoslos. ¡Paparruchas! Por cierto, si por cualquier razón alguien de su gente nos cae medianamente mal, pues, nos sale sermón insultativo de gratis.
- Celos, malditos celos. Vamos a estar claros: que te celen un poco es bien, uno se siente querido e importante. Sin embargo, cuando la cosa se torna enfermiza puede ocurrir un colapso total. Como expuse anteriormente, es raro que un hombre tenga el atractivo de una estrella de Hollywood y es más que obvio que jamás va a tener la oportunidad que tendría una mujer si sale de cacería. Además, es poco probable que un verdadero señor tenga algún tipo de vínculo sexual con su madre o hermanas o un lazo homo-erótico con sus mejores amigos. Las escenas dramáticas y las preguntas absurdas siempre están de más.
- Cruzar la frontera del espacio individual. Terminantemente prohibido revisar laptop, computadora de escritorio, tablet, smartphone, vergatario, atender llamadas o jurungar la billetera sin previa autorización. Mucho menos se les ocurra preguntarnos la clave del e-mail, Facebook, Twitter y afines… No es que estemos ocultando algo pero más confianza que exista todo tiene un límite.
- Subestimación. Lo de la subestimación es grave, muy grave. Como en el deber ser somos caballeros enamorados de nuestra cuaimas respectivas, ellas juran y perjuran que nos vamos a calar para siempre todos sus ataques, ofensas, recriminaciones injustas y sus excesos de intentos de control. La copa de paciencia tarde o temprano se derrama y no hay amor que valga para detener a un hombre arrecho y obstinado en su afán de irse para el mismísimo carajo sin dar explicaciones. No tiene que existir otra mujer ni tiene que ocurrir una batalla épica para que el macho herido parta lo más lejos posible para no topársela más nunca. Como dicen por ahí: ¡adiós que te vaya bien!
¿Conformes? ¿Ya se sienten felices por sacar lo peor de su angelito guardián que antes ni un plato quebraba? ¿Se sienten complacidas por demostrar que su otrora caballero tiene una pata coja? Quien ha venido leyéndome bien sabe que todo el tiempo he sido un defensor del género femenino y que también siempre he aceptado y compartido las estupideces que nosotros los varones solemos hacer muy a menudo. Hablando en cristiano, no soy para nada machista.
Igualmente, me encantaría que alguna de mis bellísimas y críticas inexistentes lectoras ejerciera su derecho de réplica y le diera una suerte de contraparte a esta investigación. ¿Soy un grandísimo hijo de puta? ¡Saben que no!
¡Buena vibra y guaguancó para todos! ¡Paz y bien!
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3 comentarios:
mira, la verdad es que el punto este de
"Cruzar la frontera del espacio individual" es el que más puede afectarme a mi, porque hay hombres asi, obviamente.
Uno se siente como una puta que tiene que ser vigilada.
Este post deberia ser impreso en todas las casas y pegado en la puerta del cuarto.
Una no se da cuenta del valor de un hombre como tú hasta el día en que el señor Luis Enrique se obstina y dice CHAO. Lo peor es que tu paciencia y tu protocolo son tan arrechos que una comprende la magnitud de la cagada es cuando sin levantar la voz dices: lo mejor es que cada quien esté por tu lado, te deseo lo mejor. Nos vemos por ahí. Ahhh y coño, disimulas tan bien que es muy dificil medir el incremento de tu odio jajajajajajaja...
Apoyo a Ana María, esta entrada debería ser divulgada. Te quiero mucho, vales demasiado. ¿Nos vemos este fin? Besosssss
Ana María: ¡gracias por tu comentario! Confieso que tuve mis dudas en publicar esta entrada, temí que muchas mujeres me lapidaran. Pero bueno, creo que he sido bastante sensato, respetuoso y sobre todo no caí en generalizaciones. Coño, sin duda alguna respetar los espacios individuales es fundamental para el éxito de toda relación... ¡Nos estamos leyendo!
Vicky: ¡me sonrojé y todo! Hasta sentí que te quería un poco, muy poco. ¡Se me cuida por ahí! ¿Este fin? Nos estamos llamando a ver qué es lo qué es. ¡Besos!
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