Estimada María Luisa:
No tengo la más mínima idea de cómo tuve las santas voluntades de hacer pública esta patología amorosa que siento por tu persona. No sé, quizás estoy utilizando este medio tan trillado como mi táctica final de masoquista seducción, mi as bajo la manga para espantar a cualquier valiente que te pretenda o simplemente decidí apelar al ridículo nada más por molestarte. Eso sí, que no quepa la menor duda de que este desahogo mediático y exagerado te lo buscaste tú por tus engaños. No sé, mejor otórgame el beneficio de la duda.
Me enamoré como un loco de ti, María Luisa, porque eres una mujer absolutamente absurda. No eres tan hermosa como para perdonar tu alto nivel de tontería ni tan ocurrente como para reírme contigo hasta olvidar cualquier impertinencia de tu parte.
¡María Luisa! ¡María Luisa! ¿Algún matemático podría descifrar en un futuro la ecuación de tus encantos? ¿Algún hechicero podría ayudarme a zafarme de tu embrujo insoportable? En fin, hablando en cristiano, sería una verdadera insensatez de mi parte negarte que te quiero, aunque sea un poco y muy de vez en cuando, y aunque he deseado mil veces no haberte conocido haberlo hecho ha sido fascinante. Por eso, decidí escribirte esta cursi carta de amor en una servilleta manchada de salsa, para que quede plasmada para siempre mi voluntad para aguantarte y que la policía me exculpe si al tiempo decido matarte y el jurado me tilde de amante desquiciado.
Aprendí a fumar contigo, María Luisa, hace casi cinco años más o menos. Si bien pecabas por aburrida, por rutinaria, por obstinada, por ser la más terrible amiga y la peor de las amantes, confieso el placer que sentía fumándome dos cigarros en tu dulce compañía, hablando de las noticias de moda o de tus múltiples manías.
A veces te extraño, María Luisa, con tus pantalones rotos desteñidos y tus zapatos deportivos desgastados, tu nariz de zanahoria y tu cabello con corte de varoncito que detesto con toda mi alma. A veces te extraño, María Luisa, aunque detesto sufrir los trámites burocráticos que implica salir contigo, contratar a Sherlock Holmes para ubicarte entre los vivos y traerme a Freud entre los muertos para no sucumbir ante tus reacciones de loca de carretera.
Intenté olvidarte varias veces, María Luisa, repartiendo te quieros y risas y miles de besos con prisa a cualquier candidata bien plantada y con sus razones bien puestas. Pero les hiciste sombra sin quererlo y las despaché - luego de un rato de amor entre sábanas prestadas - para atarme a tu recuerdo. Porque parece imposible sacarte del cuento, aunque aparezcas en broma cuando te venga en gana y te esfumes de repente cuando te necesito en serio.
¿Qué puedo hacer contigo, María Luisa? ¿Seguir sufriendo sumergido en mi vida de playboy y millonario? ¿Seguir inventando historias de amor eterno que no pasan de una noche y de tres copas de vino? He considerado darte un certificado de no existencia y seguir en mi afán de ser un experto conquistador de faldas. Pero es muy difícil, María Luisa, porque cualquier vestigio de tu palmípeda presencia; una fotografía, una prenda de vestir perdida en el laberinto del closet, aquellos lentes inmensos y espantosos que dejaste en la mesita o cualquiera de tus tristes tantos trastos olvidados, me convierten en un eunuco mentecato ante cualquier encanto femenino. Me hiciste tan monógamo, María Luisa, un enfermo enamorado de tus mañas y pecados y que jamás podrá mirar para otro lado más allá de tu cintura.
¿Qué vas a hacer mañana, María Luisa? Aunque seas la culpable de mis canas prematuras, mi paranoia, mi hipertensión y mi maldito lumbago, si no te vuelvo a odiar en vivo y en directo seré un hombre triste y desgraciado y lloraré con mi almohada de testigo hasta la madrugada del martes, de repente hasta el miércoles…
¡Porque mi vida contigo es un tormento pero mi vida sin ti no vale nada!
Contigo en la distancia.
Santiago Ballesteros.
En la ciudad de Caracas, a los 23 días del mes de mayo de 1973.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada